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desasosiego

Reflexiones sobre lo evidente a los 43

El paso del tiempo va dejando una herida abierta sobre la piel en la que resbalan las ilusiones que se escapan en la misma dirección inexorable de las agujas del reloj, pero mucho más deprisa que ellas. El tiempo, dañino como arma que cargara el diablo de la desesperanza, nos dispara a la cara – como por accidente – su ráfaga de perdigones de perplejidad. Agotados de contemplar tantas señales de desaliento, recordamos nuestra vida conjugando siempre los verbos en pasado, en modo indicativo, en forma imperfecta.

¿La infancia como paraíso recobrado donde tantas veces queremos encontrar las virtudes que el tiempo se ha empeñado en esconder entre los pliegues de su infinito manto? ¡Qué espejismo! La infancia no es más que un lugar reflejado en nuestros anhelos, pero no es la patria donde podríamos volver sin arrastrar los estigmas del exilio. Porque la condena es este destierro permanente que nos mantiene encerrados entre las paredes de una piel adulta, ajena a la indolencia y la ingenuidad de una mirada virgen sobre las cosas todavía inmaculadas. Esa condena es a perpetuidad, salvo que consigamos la absolución que otorga el cinismo de la vejez.

Cuando la tenue luz de la mortecina tarde de otoño se refleja en la piel de los monstruos de acero, cuando el único aire que suena es acondicionado, cuando el cristal de la ventana no previene de la tristeza exterior ni es capaz de contener la nostalgia infinita y desnuda, cuando no hay límites entre el discurrir de ese espejismo que llamamos vida y ese pasar del tiempo que llamamos tedio, cuando las horas se empeñan, machaconamente, en demostrarnos lo inexorable de su peso, en esos momentos la dicha parece tan lejana e inalcanzable como el más ajeno de nuestros sueños. Pero mañana, temprano, a la hora razonable del comienzo de todo, la luz tendrá un brillo distinto, nuestra conciencia vibrará con una frecuencia más acorde con la naturaleza las cosas y, entonces, sentiremos menos desasosiego por querer seguir creyendo en el espejismo de vivir.

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Con el mundo alrededor

No se puede, en este mundo y en este momento, afirmar que es posible vivir al margen de lo que ocurre más allá de unos pocos metros alrededor de nuestra piel. Aunque hiciéramos ejercicio intencionado para que así fuera, ¿lo conseguiríamos?. Es posible que lo que ocurre a los palestinos o los peruanos nos esté influyendo más allá de lo que podamos imaginar. No sólo por ese enorme “efecto mariposa” que tienen en este mundo económicamente globalizado las alteraciones comerciales o los flujos de capitales, por ejemplo, sino por un efecto mariposa más sutil que se debe producir en nuestras conciencias.

Todo está relacionado. No es casual que en el mundo coexistan fenómenos como las guerras y el denominado maltrato de género, la intolerancia y la pena de muerte, la pobreza y la riqueza que la genera. Aunque algunos de ellos se den en otros lugares y creamos estar a salvo y no ser responsables de los mismos, todos estamos contribuyendo de alguna forma a que se mantengan esas lacras, a la vez que estamos más expuestos a sus efectos de lo que pensamos. Estamos acostumbrados a funcionar en compartimentos estancos y no nos sorprendemos, por ejemplo, de que un violador pueda ser un defensor de los derechos de los animales o un ecologista convencido sea un empresario explotador. Pero por encima de la complejidad que caracteriza a las personas, lo que eso demuestra es que algo está funcionando mal. Debería existir una ética global que nos señale esas contradicciones y las corrija. O nos salvamos todos o nos condenamos juntos; o intentamos colectivamente mejorar en todos los frentes o no superaremos nunca las contradicciones que nos atenazan. Y no estoy hablando de pensamiento único, sino de sacarle más partido a ese denominador común de humanidad que se supone que tenemos.

Somos consecuencia, en buena medida, de la manera en que otras personas, en otras épocas y otros lugares, han resuelto sus conflictos y la forma en que los resolvamos nosotros influirá definitivamente en otros semejantes. Por eso tenemos la responsabilidad de hacerlo lo mejor posible, caminando hacia las mejores soluciones, que casi siempre son las que sirven a más personas: la comprensión de las razones del otro, el control de la violencia, más dosis de tolerancia que conduzcan a una mejor convivencia... Y en ese camino estamos todos: estoy yo con mis vecinos y vecinas pero también los inmigrantes que veo cada día y también los vascos y también los americanos e incluso los fundamentalistas de cualquier tipo, por muy alejados que estén de mi sensibilidad.

Pero esto no quiere decir que debamos caminar por la vida poniendo permanentemente la otra mejilla para que golpeen en ella constantemente las injusticias y el empecinamiento de algunos por mantener este mundo dividido y conflictivo. No, debemos levantar barricadas contra la intolerancia y contra todas esas actitudes negativas tan comunes. Pero hacerlo desde la verdadera convicción, sabiendo en que lado estamos y no dejándonos comprar permanentemente por unas migajas de aparente “comodidad”.

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Recién llegado

Quizás sea ésta una forma extraña de combatir el dasasosiego que indica el título de este pequeño rincón de confesiones. No deja de ser paradójico que utilicemos estos medios que ofrece una sociedad desasosegante para intentar encontrar algún respiro. Pero aquí estoy como uno más de los francotiradores de la palabra, en medio de este ruído ensordecedor. No sé hasta donde puedo llegar, pues es mucho el pudor, incluso escondido detrás de mi pantalla.
A quien corresponda, saludos.

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