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desasosiego

Con el mundo alrededor

No se puede, en este mundo y en este momento, afirmar que es posible vivir al margen de lo que ocurre más allá de unos pocos metros alrededor de nuestra piel. Aunque hiciéramos ejercicio intencionado para que así fuera, ¿lo conseguiríamos?. Es posible que lo que ocurre a los palestinos o los peruanos nos esté influyendo más allá de lo que podamos imaginar. No sólo por ese enorme “efecto mariposa” que tienen en este mundo económicamente globalizado las alteraciones comerciales o los flujos de capitales, por ejemplo, sino por un efecto mariposa más sutil que se debe producir en nuestras conciencias.

Todo está relacionado. No es casual que en el mundo coexistan fenómenos como las guerras y el denominado maltrato de género, la intolerancia y la pena de muerte, la pobreza y la riqueza que la genera. Aunque algunos de ellos se den en otros lugares y creamos estar a salvo y no ser responsables de los mismos, todos estamos contribuyendo de alguna forma a que se mantengan esas lacras, a la vez que estamos más expuestos a sus efectos de lo que pensamos. Estamos acostumbrados a funcionar en compartimentos estancos y no nos sorprendemos, por ejemplo, de que un violador pueda ser un defensor de los derechos de los animales o un ecologista convencido sea un empresario explotador. Pero por encima de la complejidad que caracteriza a las personas, lo que eso demuestra es que algo está funcionando mal. Debería existir una ética global que nos señale esas contradicciones y las corrija. O nos salvamos todos o nos condenamos juntos; o intentamos colectivamente mejorar en todos los frentes o no superaremos nunca las contradicciones que nos atenazan. Y no estoy hablando de pensamiento único, sino de sacarle más partido a ese denominador común de humanidad que se supone que tenemos.

Somos consecuencia, en buena medida, de la manera en que otras personas, en otras épocas y otros lugares, han resuelto sus conflictos y la forma en que los resolvamos nosotros influirá definitivamente en otros semejantes. Por eso tenemos la responsabilidad de hacerlo lo mejor posible, caminando hacia las mejores soluciones, que casi siempre son las que sirven a más personas: la comprensión de las razones del otro, el control de la violencia, más dosis de tolerancia que conduzcan a una mejor convivencia... Y en ese camino estamos todos: estoy yo con mis vecinos y vecinas pero también los inmigrantes que veo cada día y también los vascos y también los americanos e incluso los fundamentalistas de cualquier tipo, por muy alejados que estén de mi sensibilidad.

Pero esto no quiere decir que debamos caminar por la vida poniendo permanentemente la otra mejilla para que golpeen en ella constantemente las injusticias y el empecinamiento de algunos por mantener este mundo dividido y conflictivo. No, debemos levantar barricadas contra la intolerancia y contra todas esas actitudes negativas tan comunes. Pero hacerlo desde la verdadera convicción, sabiendo en que lado estamos y no dejándonos comprar permanentemente por unas migajas de aparente “comodidad”.
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